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UNA TARDE CASUAL

Hace algunos años, cuando tenía 18 años, estaba ingresando a la facultad, había pasado la mañana paseando en el mall con una amiga haciendo compras. En la tarde debía ir a rendir un examen final para ser aceptada en la universidad, así que mi amiga me acompañó. Fue esa tarde, estando a la espera para entrar al aula, ahí estaba él... Con sus ojos miel y su cabellera negra. No era muy fornido, más bien regular, pero había algo especial en su mirada y su sonrisa. Nos cruzamos las miradas, nos sonreímos y justo cuando él se decidió a hacer su movida, nos llamaron adentro para dar el examen.


No sé qué tiempo estuve adentro, trataba de concentrarme, pero solo podía pensar en él, lo busque entre el alumnado, pero no lo veía, había mucha gente. Así que no me quedó más que dedicarme a terminar mi examen y salir a buscarlo, pero no lo encontré.


Con pena de no poderlo encontrar me fui a mi casa, ya era de noche, cené y traté de irme a dormir pero no pude, solo podía pensar en él. Me había embrujado. No era dueña de mí. Quería besarlo, quería sentirlo en mí, quería que me tocara; mientras mi mente divagaba en las cosas que quería hacer, empecé a sentir que me mojaba, necesitaba sentirlo dentro de mí, deseaba que me diera placer, deseaba que me hiciera todo lo que él quisiera. Sin notarlo una de mis manos había bajado a mi intimidad, estaba acariciándome, tocándome suavemente, estaba dándome el placer que pedía de él, mis dedos hurgaban dentro de mí tratando de aplacar ese fuego que crecía, empecé a gemir despacio, mis padres estaban dormidos en la habitación contigua, mmm nunca sentí tan deliciosos mis dedos, cerraba mis ojos para imaginarlo, lo veía ahí conmigo, mis dedos se movían más rápido de arriba para abajo, me maltrataba el clítoris, estaba como loca, chorreaban jugos desde mis adentros, sentía que ya mismo me iba a venir el orgasmo, pero mis dedos no daban perdón a nada, seguían moviéndose como si tuvieran voluntad propia, una y otra vez entraban y salían. Yo apretaba mis piernas, no quería acabar, quería que durara toda la noche, no pude soportar y gemía cada vez más alto, estaba sudando frío, estaba teniendo un orgasmo gigante, expulsé tantos jugos que mi cama se mojó casi instantáneamente… Fue la mejor masturbada que me había hecho, y lo más excitante es que no conocía al responsable de todo, definitivamente lo iba a buscar. En eso sonó la puerta de mi cuarto y entró mi mamá asustada, me tocó la frente y me dijo que si estaba enferma. (Si claro, enferma de deseo). Tuve que calmarla y decirle que no era nada que mañana estaría mejor. Y claro que iba a estar mejor, una vez que lo encuentre.

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